1968 – GALERIA WITCOMB
Cuando Felipe Wolfsdorf muestra sus obras puede suceder cualquier cosa. De repente una de sus mujeres es capaz de desmoronarse de cuclillas y ponerse a rezar o invocar los demonios del estrabismo. Un perfil puede echarse cenizas de duelo y retroceder hacia el medioevo sin la humedad de una lágrima. Un color retozante y cálido puede de repente, volcar capas de sombra sobre el rubor que le nace de su simple alegría, contrapuesta al mundo. Una línea puede atormentarse, neurotizarse y hasta envilecerse buscando belleza. Una sombra huyendo, puede convertirse en sonrisa de payaso contra las alambradas electrizadas de un “campo”.
Un ojo puede, mientras nos miramos, buscar de reojo su nostálgico color en el fondo de una pecera. Un recordado marco oval, colgado en la cabecera de los abuelos, puede tener reminiscencias de huevo de dinosaurio. Un telón de fondo puede convertirse en un paisaje humano o viceversa. Hasta los marcos, bajo los efectos de tantas atmósferas, pueden desquiciarse y estallar arrasando esquemas.
Lo más insólito puede suceder cuando un artista, (F.W.) se sumerge en lo hondo sin escafandra, buscando la simbiosis de su realidad y su sueño, y, a través de esa búsqueda (que es un logro) intenta (y consigue) intercomunicarse con otros trasnochados buceadores. Por eso les pido un momento de atención: un artista expone, se vuelca en sus formas y en sus colores; dialoguemos un instante con su obra.
Mario Lesing

